Pensamientos sobre la grandeza
Ya he borrado el blog 3 veces, no sé bien de qué quiero escribir. Esta semana ha sido ajetreada: luchando con temas de derechos de canciones, intentando recompilar canciones y reclutar músicos para China, pensando en el viaje que quiero hacer a Nepal este verano, leyendo Shakespeare, Locke y Wittgenstein. Mi cerebro está como en parálisis hoy de tanto movimiento.
La cosa que más ha dominado mi espíritu, sin embargo, esta semana, tiene que ver con el sentido de mi vida. Hace tiempo ya que lucho con el futuro y mis planes mirando para delante. Simplemente considerando el aspecto de mi vida profesional, estoy bastante confundido, y algo melancólico sobre las posibilidades que tengo. Desde pequeño he querido ser “importante”. Suena algo presumido, pero no puedo mentir, yo quería ser el ejecutivo estirado en su asiento de cuero con los pies sobre la mesa; o el abogado que hacía de actor dramático delante de los famosos jurados en Estados Unidos; estos últimos años mis sueños más bien me pintaban del intelectual de los café-tertulias: cabello largo y sin peinar, fumando la pipa o bebiendo algo de whisky, dejando a todos boquiabiertos con sus profundos pensamientos. Estos sueños, cada vez que aprendía más y me daba cuenta cuánto me quedaba por aprender, iban haciéndose más borrosos. Cada vez que escogía un camino en la educación y la vida que me debía acercar a alguno de ellos, parecían alejarse el doble. Así hasta llegar aquí, donde me sentí tremendamente inútil e incompetente en cuanto a conseguir ser alguien que realmente contribuyera significativamente a su área de estudio o trabajo.
Me quejaba de esto a algunos amigos, mientras buscaba rutas alternativas (pero lejos de satisfactorias) para mi vida: trabajos que podría tener para ganarme la vida sin estar demasiado agobiado, pero olvidando de una vez por todas alcanzar las estrellas como de pequeño quise hacer. Pero algo me decía que no, que yo fui hecho para hacer más que resignarme al trabajo donde menos tiempo has de emplear y más ganas (sea lo que te gusta o no). Algo me decía que hay más.
Un amigo me indicó que quizás ese “más” yo lo estaba confundiendo con un sueño en particular o, como dije al principio, con ese concepto de “famoso” o, aún peor, “importante”. Me retó a preguntarme si estaría dispuesto a vivir los mismos principios, a emplear la misma energía, a apasionarme igual o más, si supiera que jamás iba a ser conocido por haber contribuido algo a ello, incluso, si supiera que jamás iba a contribuir algo sustancial a esa área. La pregunta es confusa, y se puede entender de muchas formas ambiguas, pero mi corazón lo entendió perfectamente con mi situación. Oré un tiempo, y escribí lo que sentía y me di cuenta que lo que yo tenía agarrado no era una pasión por un área en particular, sino tenía la pasión por ser famoso y conocido. Lo que quería no era hacer la contribución en particular, sino ser conocido por esa contribución. Había un error en la meta, no necesariamente en la pasión.
Las personas parecen más felices cuando son parte de algo más importante que ellos mismos. No quiero decir que el individuo no sea importante, sino que uno está feliz cuando se pierde, cuando invierte todo quién él o ella es, a algo más grande. Lo vemos en movimientos políticos, o culturales, en la religión, en la filosofía, en la ciencia, etc. Las personas buscamos algo a lo que dedicar nuestras vidas. ¿Está bien eso? No creo que se pueda hacer esa pregunta porque creo que es una especie de fuerza más allá de nuestro control. Hay casos horribles, como el nazismo, y en otras ocasiones lo consideramos una virtud enorme, como en personas como Ghandi o Madre Teresa de Jesús, o los apóstoles. Lo que veo, y admiro, y quiero de la vida de éstos, es la satisfacción de estar dedicados a una causa más grande y más puro que nuestro mismo ser. Quiero salir de la micra-órbita egocéntrica y ser parte de un universo más completo y absoluto.
No he llegado mucho más lejos que esto en mi pensamiento aún, pero mis oraciones han cambiado sustancialmente. En lugar de exigirle a Dios que me enseñe dónde debo estar, qué hago mejor, por qué me “necesita”, quiero comenzar a decirle: “Quiero que tú te lleves la gloria y trabajaré incesantemente para avanzar tus planes. Me da igual si jamás se menciona mi nombre, mientras tu propósito siga adelante.” Quizás es que el propósito final de la vida de uno no es sólo trabajar o hacer grandes contribuciones a algún área de la vida, sino unir los deseos de su corazón con los de Dios, a avanzar su reino. Con eso a la vista, el camino que escojas importa bastante menos, pues todo lo que hagas irá encaminado a ese propósito. La fama y la gloria, como pertenecen a otro, no serán necesarios para animarte a seguir, con tal de tener un “bien hecho, siervo fiel” al final del camino del ser más poderoso del universo al final del camino, quedaría más que contento.
(Nota: aún queda un trecho en mi vida desde la primera mentalidad (querer ser famoso por algo) a la segunda (querer hacer a Dios famoso sin importarme dónde estoy y qué hago y quién lo sabe), y creo que la lucha seguirá durante muchos años más)

<< Home