Viaje a Newcastle
Hace una semana fui a Newcastle y descubrí varias cosas. De mí mismo descubrí que me encantan las ciudades y que me oprimen un poco los pueblos (o ciudades con mentalidad de pueblo). Debe ser porque me he criado en ciudades y estoy acostumbrado al ajetreo y al movimiento constante, incesante - cosas que, curiosamente, molestan muchísimo a otro gran grupo de gente. El caso para mí fue salir del tren, ver miles de coches, gente de todo tipo de pintas corriendo de un lado a otro, olores extraños, y muchas luces, me apaciguó. Suena raro, pero era como sentirme en casa. Creo que es un conocimiento importante para el futuro.
La ciudad en si no la visité mucho, dicen que tampoco hay mucho que ver (porque es relativamente pequeña y con una historia de clase media obrera, sin mucha arquitectura impresionante). Aunque sí ví la nueva zona "Gateshead" que tiene varios edificios muy impresionantes además del puente que intentan convertir en uno de los dos símbolos de la ciudad (la otra es una especie de ángel de aluminio en un monte). Podéis ver las fotos abajo. Lo que más destacó, sin embargo, fue el edificio llamado "Sage" que es una especie de auditorio con dos salas. Después de pasar una hora en un museo de esos de exposición temporal (ví una obra de Spencer Tunick que no comentaré aquí), fui a un concierto de música clásica en este Sage. Allí descubrí la otra gran cosa: Bela Bártok.
El concierto consistía en tres piezas, la primera de Bartok (un compositor húngaro, si no me equivoco) y la última la 35 de Mozart, la del medio no me quiero acordar. El caso es que la pieza de Bartók (Música para cuerdas, percusión y celesta) era una especie de duelo entre dos orquestras. Me dejó tan impresionado que apenas pude concentrarme en el resto del concierto, seguía en mi cabeza la melodía tan extraña y conmovedora de la pieza. Además de la grandeza de la pieza, resulta que estoy haciendo un pequeño estudio sobre la vida de Wittgenstein (un filósofo del siglo XX muy raro) y sus pensamientos sobre la estética que hablaban mucho de la música clásica y como "se sabe que uno ha entendido la música". No es muy útil esto último (porque yo apenas entiendo de música) pero sí lo fueron las consideraciones que hacía sobre cómo reaccionamos ante una obra de arte, musical en este caso. Parte de lo que argumentaba en un momento en su vida era que no se podía poner palabras a lo que uno sentía. Se podía intentar usar palabras para buscar una analogía, pero quizás era más util hacer una mueca, o un pequeño paso de baile. En último término: que hay cosas que no se pueden expresar con palabras, no se pueden verbalizar. Entonces no hay que intentar decirlas, sino callar sobre ellas, y en el silencio entre lo que sí se puede decir y lo que no, en algún lugar de allí, se oirá lo que inpronunciable. Con eso os dejo por hoy, y unas fotos de Newcastle.





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